Me prometí al comenzar, un año en blanco, sin planes o situaciones premeditadas.
Le propuse a mi persona transitar las veredas limpias, con la espontánea sensación de estrenar minutos frescos y brillantes de nuevos.
Subí las escaleras del otoño y me encontré con él. Un ser inesperado me tomó por sorpresa y quebró el esquema natural que trazaba mi silueta. Algo en su mirar perturbó el ritmo que mis pies habían conseguido mantener y el temblequeo de rodillas derrumbó la armonía musical sacándome del sitio seguro, llevándome a un terreno desconocido y lleno de incógnitas.
Los deseos autónomos de la mente comenzaron a proyectar una película en cámara lenta, ambientada entre detalles geniales de director de cine consagrado, reminiscencias de veranos pasados y esa brisa de atardecer en la costa de algún pueblo con vista al mar.
Permanecí una eternidad efímera contemplando lo incierto, hasta el momento exacto en que el reloj no marco ninguna hora y recupere la conciencia.
El recuerdo de lo que no fue se perpetuó en mi memoria por siempre, fugaz. Y el sol siguió alumbrando pese a que ya era de noche.
NOVIEMBRE DE 2007
17 nov 2007
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